viernes, octubre 06, 2006

“¡LISTO! QUIEREN ALGO DURO…”

Son las 10 de la noche. El Parque Obrero de Itagüí está a reventar, pese a la llovizna que no para. Camisetas negras, jeans, botas, cabellos largos o parados en crestas, manillas y taches son lo normal. Mi primo Andrés y yo llegamos a ver a Gato negro, una banda de rock que se presenta con motivo de las fiestas de Itagüí.

Mientras termina de tocar la orquesta de salsa que está en tarima y sube Gato Negro al escenario, nos tomamos una cerveza, pagada por Andrés, que nos ofrece un niño que lleva un balde en el que además de cerveza, carga agua y gaseosas en medio de mucho hielo.

Entretanto la orquesta de salsa va desmontando sus instrumentos, y nosotros, accidentalmente, nos encontramos con Sebas (Sebastián) otro primo. Irrelevante del parentesco entre nosotros tres, todos los jóvenes (y las jóvenes) que esperamos a Gato Negro, y que llenamos el parque nos vemos casi iguales camisetas negras de bandas como Therion, Slayer, Sepultura y Black Sabbath. Andrés lleva una de Iron Maiden con la carátula del álbum Killers. Sebastián lleva una de Dimmu Borgir, una banda noruega de black metal. Yo llevo una de Metallica, con los miembros de la banda.

Todos estamos de jeans, algunos de los muchachos llevan botas, pero casi todos estamos de tenis estilo Skate. Las manilla de cuero, con o sin taches parecen una característica general. Y como si se tratara de dos familias, están los de crestas, los punks; y los de cabello largo, entre los que nos encontramos Andrés, Sebas y yo.

Nos separamos de Sebas y lo dejamos con su grupo de amigos cuando Gato Negro sube a la tarima. Son cinco hombres que rondan los treinta años, que alistan sus instrumentos y ensayan acordes simples mientras sonríen. Se presentan y comienzan a tocar, a eso de las 10:45. Paradise City de los Guns ‘N Roses es su primera canción. Continúan con The Final Countdown de Europe y luego con Break On Through de The Doors.

Andrés me mirá y me grita, en medio de la canción de The Doors “Parce, ¿nos arrimamos pa’ ver bien al guitarro?” Andrés toca guitarra y le interesa ver la técnica de este músico. “Hágale llave” le contesto. Mientras nos acercamos, abriéndonos paso entre la multitud, la banda termina la canción. “¡¿Quieren algo duro?!” pregunta el vocalista y le apunta al público con el micrófono. “¡¡¡SIIIIII!!!” Gritamos todos. Las manos con el signo del metal (el índice y el meñique levantados) se elevan.

“¡Listo! Quieren algo duro… – el vocalista sonríe maliciosamente – Entonces ahí les va, ja, ja, ja… esto es de Queen… ¡Stone Cold Crazy!” Andrés y yo, que a este punto estamos a menos de un metro a la tarima, nos miramos. Solo alcanzamos a decir una palabra: “Mierda”. En menos de un segundo pierdo de vista a Andrés en una marejada de golpes. Estamos en el centro de un pogo.

dando y recibiendo… golpes

Se ven cabellos revueltos y violencia por todos lados. Estoy solo, y a codazos y cargazos consigo mantenerme en pie. La música es irrelevante ahora. Lo único que importa es dar y recibir golpes. Vuelvo a ver a Andrés mientras un punk le da un codazo en la boca. Cuando volteo, otro punk salta de la tarima directo hacia mi. Tiene el cabello verde parado en una cresta, una chaqueta de jean muy sucia, con parches, y un cojín en las manos. No tengo tiempo de pensar para que es el cojín porque el tipo me cae encima, descargándome las muñecas en los hombros, sin soltar el cojín. Luego desparece.

De pronto me encuentro en un momento de relativa paz y miro a mi alrededor. Andrés está repartiendo y recibiendo golpes, agarrado de gancho con un muchacho a quien nunca habíamos visto. Hacen un buen equipo de combate. Como si fuera una ola, la muchedumbre se dirige a mi. Me preparo y comienzo a repartir golpes de nuevo. Alguien a mi lado se cae, pero consigue pararse y comienza a repartir golpes de nuevo. Le chorrea sangre de la nariz, y expele un fuerte olor a marihuana. No puedo evitar sonreír, y mientras recibo varios golpes en mis brazos recuerdo una frase que oí alguna vez “Concierto de rock sin Maria Juana no es concierto”.

Se termina la canción. Los de Gato Negro ríen a carcajadas. Los del pogo estamos sudorosos, golpeados y algunos, como Andrés, sangran. “Bueno, bueno… – Dice el vocalista sonriendo – Esto está como bacano, ¿no?” Un rugido ensordecedor surge de nuestras gargantas. “Otra pues… ¡De los Guns ‘N Roses! Welcome-To-The… – JUNGLE! – Contestamos todos gritando. Y comienza de nuevo.

Segunda ola de caos

Con los primeros riffs el pogo se mueve en espiral, como una ronda oscura. Conforme la canción va acelerándose, también lo hace la ronda, con ocasionales cargazos y uno que otro caído por efectos del licor o la marihuana (O ambas). Todos nos burlamos pero los ayudamos a parar. La canción llega a su máxima velocidad, mas o menos 30 segundos después de comenzar, y algunos valientes se lanzan al centro, con los puños por delante. Todos los seguimos y comienza de nuevo el caos.


Veo como el cojín del punk vuela seguido por una botella de agua. Busco al que las lanzó pero en vez de eso encuentro a Sebas, despeinado, golpeado, con un brazo sangrando, pero sonriente. Nos cogemos de gancho y repartimos golpes a diestra y siniestra, al tiempo que recibimos otros tantos. Cuando termina la canción, Andrés aparece de la nada. Le sangra la boca, pero también sonríe. Yo tengo el brazo derecho adolorido del hombro a la muñeca.

Cuando la banda anuncia la que será la última canción dura, Whiplash de Metallica, los tres nos ponemos espalda contra espalda, formado un triángulo. Ya nos han dado muchos golpes, es hora de devolver el favor. Comienza la canción con una guitarra vertiginosa, y comienza la danza. Nuestra formación no funciona, obviamente, pues tres no podemos contra todo el mundo, pero logramos resistir, mas o menos diez segundos; y volvemos a separarnos en medio de los golpes.

Luego de la tormenta…

Luego de que se acaba el caos, Gato Negro anuncia su última canción. Algo mas suave para calmarnos un poco, Knockin’ On Heaven’s Door, de Bob Dylan. Los que estamos mas cerca de la tarima nos abrazamos como si fuéramos una gran familia, y comenzamos a volear la cabeza de arriba a abajo y a cantar la canción. Estoy abrazado con dos tipos a los que nunca he visto, y si los vuelvo a ver muy seguramente nos los reconoceré, pero no importa. No veo a Andrés ni a Sebas, pero no importa. Me duele el brazo derecho, el cuello, los tobillos y los hombros, pero tampoco importa. Solo hay que volear la cabeza.

La canción se termina. Los que están abrazados a mi me sueltan, y yo a ellos. Nos miramos. Nos damos las manos. “Suerte parce,” me dicen “Suerte”. Y se alejan. Andrés y Sebas aparecen atrás de mi. “¿Y esos manes quienes eran?” – “Ni idea.” Ambos se ríen, y los tres intentamos peinarnos, sin éxito, pues luego del pogo nuestro cabello está totalmente enredado, sudoroso, sucio y huele a… Bueno, una extraña mezcla entre sudor propio, sudor ajeno, marihuana y un poquito de lluvia.

Nos revisamos mutuamente las heridas. Heridas de batalla, dice Andrés riéndose. En cierta medida tiene razón. La boca de Andrés ya no sangra. Tal como imaginé, el codazo del punk lo reventó. El corte que tiene Sebas en el interior del brazo derecho también paró de sangrar. Se lo hizo una muchacha con una uña. Andrés y yo no le creemos. “¡¿QUE?!” – “Sisas, una vieja ahí con unas putas uñas mas largas… Parecía una maldita bruja, jaja”. Yo por mi parte no sangré. Mis contendores no fueron tan brutales. Aunque tengo como siete morados solo en el brazo derecho, y me duelen los hombros.

Sebas coge un taxi para ir a su casa, en el municipio de La Estrella. Andrés me va a dar posada, en el barrio San Pío, así que arrancamos a caminar de regreso a su casa, conversando. Son las 11:45 de la noche, y aunque hace frío, estamos sudando y nos sale vapor del cuerpo. Andrés me cuenta que luego de que dijimos “mierda” me perdió de vista y solo se enfocó en mantenerse de pie, al igual que yo. Después se encontró con Sebas. Del tipo con el que estaba cogido de gancho, no sabe quien es. Ya casi llegamos a la casa. Antes de entrar, Andrés me mira, se ríe y me dice: “Oíste güevón, y a fin de cuentas no vimos al guitarro”.

martes, julio 25, 2006

EL ÚLTIMO SASTRE

Son las 9:30 de la mañana y un sol abrasador calienta el paisaje de concreto de la carrera Carabobo, ahora convertida en un pasaje peatonal. A pocos metros sobre esta carrera, entre la Avenida San Juan y la calle Amador, y entre el Salón de Billares Aguadas y la entrada del Hotel Olímpico, hay un techito verde que anuncia: “Sastrería – Arreglos”. Dos maniquíes exhiben pantalones. Sobre el techito está el aviso con el nombre: Sastrería J Aristi. Adentro, don José Arístides Ramírez Durango, su dueño, desayuna calmadamente. Termina, y con el metro de modistería en el cuello muestra su negocio y comenta sobre su oficio.

Don J Aristi
Don José Aristides es un hombre que aparenta unos 50 años, aunque cumplirá 60 en octubre, nació en el municipio de Bolívar, en Antioquia. Casado, con cinco hijos – “Y con la sastrería los he criado, ya no tengo sino dos pequeños, los otros están grandes.” – de baja estatura, moreno, ojos pequeños y cafés, sin gafas (cosa que sorprende), con algunas canas tanto en su corta cabellera como en su bigote, y que viste una camisa a cuadros con un pantalón, muy probablemente hecho por él mismo. “Yo llego aquí a eso de las 6, 6:10, a las 7 estoy subiendo la reja y me pongo a trabajar, a cortar a recibir los clientes... A las 4 de la tarde me paso pa'l billar, juego un chico y vuelvo aquí, y esa es la rutina…”

Con calma, comenta: “Hombre, yo tengo 26 años de estar trabajando en este sector, los cumplo ahora en octubre. Todo el tiempo trabajando sastrería.” Oficio que aprendió hace 38 años en Samaná, Caldas, y de allá viajó a Medellín, hace 29 años, y luego de tres años de vivir en la ciudad se instaló en Guayaquil, a competir con las otras 15 sastrerías del sector, de las que es la única sobreviviente. Los otros, debido al aumento de los arriendos, de han ido. “La sastrería ya prácticamente son arreglos, la sobre media es muy poca, uno vive de los arreglos. Ahora el que monte una sastrería se muere de hambre, porque si viene gente para vestido, pero muy poquitos.”

El principio y el hoy
Don José comenzó con una sola máquina de coser, que incluso compró con dinero prestado, y pagando 100 pesos diarios de arriendo, en un local 16 pasos más cerca de San Juan, pero que se quemó hace ocho años. “El 20 de julio fueron 8 años. Se entró un señor a robame y produjo un corto, y en el corto se quemó él. Aquí también hace 5 años tiraron una granada, también tuve pérdidas, pero he sobrevivido, he vivido la vida sana, trabajando, me he sostenido.” En este momento interrumpe su narración para entregar un pantalón azul muy oscuro a un hombre joven, de unos 30 años. Don José se despide del hombre con una sonrisa, y continúa su historia.

Don José no ve futuro para la sastrería. Con nostalgia, reflejada en sus ojos, comenta que de las 15 sastrerías que había hace 26 años solo queda la suya. “Hace 15 años a uno durante el mes le podían caer 20 vestidos, en la actualidad se pasan seis meses y no cae un vestido, son solamente arreglos”. Según él, la fabricación de trajes va a decaer mucho, debido en parte a que ahora se consigue un vestido alquilado por mucho menos dinero y simplemente “se lo pone va a una fiesta con el, viene y lo entrega y listo, en cambio el que manda a hacer un vestido queda con el problema que ya otro día no va a poder estrenar (risas), debe de ponerse el mismo, e ir con el mismo vestido.”

Proyecto Carabobo: Pantano y seguridad
Durante las obras del proyecto para hacer de la carrera Carabobo un pasaje peatonal, no solo don José sino todos los locales de la cuadra se vieron afectados. Don José comenta esto, con una expresión que da a entender que no le agradaba tener su pulcro negocio rodeado por una construcción: “Sufrimos mucho, esto era un pantanero completo porque nos tocó en invierno… Pero no había conflictos ni nada con la gente de las obras, a mi no me tocó nada, nunca llegué a tener problemas ni roces, ellos uno les decía 'me quita esto?' y ahí mismo, y así. Para mi se portaron muy bien.” La cuadra ya está lista, ya no hay pantano ni polvo, pese a que el proyecto aún no termina. Y don José tiene su local libre de pantano.

El volumen de ventas sin embargo todavía no ha cambiado, aunque se ve más gente. Para don José la seguridad es un factor importante: “Es que uno tocale ver aquí una persona que le saquen los paquetes de los carros, eso era muy horrible, a los conductores les robaban mucho, en cambio ahora tenemos una paz muy buena.” La seguridad se ve en el pasaje, se ven policías y vigilantes pasando con cierta regularidad. Según don José, hombre de sonrisa inagotable hace mucho no se ve robar e invita a mirar el nuevo tráfico que se ve por la carrera: “Hay mas gente pasando, mas seguridad porque primero no pasaba la gente de La Alpujarra, la persona que pasaba de la Alpujarra era como se dice muy atrevida o muy conocida, ya no, ya pasa todo el mundo por aquí. Ya les gusta.”

Y así parece, pues la cantidad de gente que pasa por este nuevo pasaje es sorprendente. Caminando sobre los adoquines de Carabobo se ven hombres cargando grandes rollos o cajas, con los músculos de los brazo tensionados y jadeando ante el inclemente sol; policías que caminan con paso relajado; trabajadores de la obra de remodelación de la carrera y de dos nuevos edificios, con sus cascos amarillos o blancos; hombres y mujeres elegantes, que paran en las cafeterías a tomar algo y algunas mujeres en uno de los tantos locales a comprar una joya o algún artículo de belleza; jóvenes, ancianos, señoras que compran materiales para hacer artesanías; personas que venden café en cochecitos de bebé. Un hombre pasa vendiendo aguacates y guanábanas

Don José contempla sonriente el nuevo tráfico de Carabobo, contento de que haya seguridad en el sector en el que trabaja desde hace 26 años, y en el que parece va a jubilarse debido a la escasez de trabajo. Pese a esto, a que hay gene que encarga vestidos y pasan varios años y nunca los reclaman, a que de las 15 sastrerías J Aristi es la única que queda, a que algún día “Harán un centro comercial acá y tocará irse”, don José sonríe, con esa sonrisa que solo se ve en alguien que ama lo que hace, pues bien lo dice Facundo Cabral: “Aquel que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día, es un desocupado”. Y ese no es el caso de Don José Arístides. Puro amor por la sastrería.

lunes, julio 10, 2006

NO ES UN PARAGUAS, ES UN DIBUJO DE UN PARAGUAS

Afuera llueve mucho. Hace un frío de perros. Carabobo está siendo arreglada. Está convertida en un pantanero. Pero dentro del Museo de Antioquia hay muchos paraguas en los muros y en el piso. ¿Qué? ¡No son reales! ¡Son pinturas! Al igual que los ganchos, los alicates y los tableros. Son las pinturas del maestro Santiago Cárdenas, en su exposición Retrospectiva.

Las pinturas del maestro Cárdenas son engañosas. Se ve el muro, con un traje colgado de un gancho. Cuando el observador se acerca, es un dibujo del Maestro. Según explicó el guía, Juan Perdomo, el maestro no trata de modificar la realidad, sino simplemente de mostrar la realidad, desde la cotidianidad: un gancho, un switch de electricidad, un clavo, una extensión.


Historia

Sin embargo en la obra se aprecia una evolución. De unos dibujos “normales”, a una escala entre comillas normal, pasa a los dibujos en escala 1:1, con los trajes de los señores bogotanos que veía pasar. Pues luego de regresar los Estados Unidos y radicarse en Bogotá, a principios de los 60, el maestro se encuentra con una ciudad, gris, cuadriculada, llena de señores de traje y bombín, con paraguas, todos vestidos igual. Y decide plasmar esa realidad de los trajes, las sombrillas y los ganchos.

“Lo que pretendo es reflejar el mundo”, dice el maestro en una entrevista a John Saldarriaga. “Estoy de acuerdo con la pintura que muestra lo que se ve, no con esos trabajos en que los espectadores no entienden lo que ven”. Un rechazo al abstracto, representado algo diferente, “cosas que no tienen importancia para el arte: un espejo, una ventana, una plancha, un tablero”.


Mandando la mano

La exposición está repartida en varias salas. El recorrido comienza en con dos dibujos muy viejos. Luego de ver dos dibujos pequeños, de dos mujeres. Lo siguiente es un marco alrededor de un gancho. Es un dibujo, no un gancho. Luego, en otra obra, alguien comenta en voz baja “¿Porqué colgó una extensión? Ah, es un dibujo. ¡Se ve tan real!” El maestro, según explica el guía Perdomo, se toma el trabajo de buscar los colores exacto durante tardes enteras, para logara una perfección. Ventanas, hojas de papel, extensiones eléctricas, ganchos de ropa desarmados y retorcidos nuevamente, alicates, tijeras. Solo en una sala.

En la siguiente ocurre algo aún más sorprendente. Corbatas, una mesa de planchar que tiene un cable de verdad instalado en la obra, y tableros. Tableros verdes o negros, como los de las escuelas y los colegios (Lo que aún tienen, pues los reemplazaron por acrílico). Se ven como tableros reales, el color, la aparente textura, las marcas de tiza, el supuesto marco, pero no son reales. Uno manda la mano, para comprobar si son reales, y lo mismo ocurre con u casillero que está en el fondo de la sala. En una pequeña sala dentro de ésta segunda sala, hay cuatro tableros. Bueno, cuatro pinturas de tableros. Pero lo sorprendente de esta sala es que huele a tiza. Se siente como si se regresara a aquellos años en el colegio y la escuela, cuando aparecían mensajes como “Camilo es gordo” en el tablero. Tocan los tableros. Los huelen. No son reales, ¡pero que ganas de tener una tiza y copiar algo!


¿Hiperrealista? no

Salimos de la segunda sala y pasamos a ver algunas obras de artistas que influenciaron al maestro Cárdenas. Ahí es cuando Perdomo explica que en realidad Cárdenas no es Hiperrealista, y luego de ver las obras de estos artistas, se comprende. Con atención en cada detalle, parecería que se está contemplando una foto. Pero no, es una pintura.

Sin embargo es perfeccionista, buscando el color exacto, la textura, el engaño, con ciertas licencias, como sombras extrañas; o muros que se juntan en ángulos imposibles, cosas que en la realidad no ocurren. Lo que si ocurre es que uno se pregunta, tal como dijo el maestro en una conferencia en la Universidad de Antioquia: “¿Es esto tan real como yo?”, pues casi dan ganas de agarrar uno de esos ganchos y colgar un saco, un alicate para asegurar una tuerca, una extensión para mover la grabadora, hacer un dibujo en un tablero.

Y termina el recorrido. Dejamos atrás la obra del maestro Santiago Cárdenas, un señor canoso, de bigote y rostro amable, para volver a la lluvia que azota el Parque de las Esculturas. Lástima no haber agarrado uno de los paraguas. ¡Ah verdad que son pinturas!

martes, junio 20, 2006

EL ROCK HA MUERTO, VIVA EL ROCK

Los rockeros de Medellín no tenemos emisora para oír. Ante el paso de La Clásica a ser emisora por Internet, el cierre de Radioactiva y La Súper Estación, no queda nada que oír, excepto reguetón y música romántica (Pa’ Planchar), pues las tres opciones que había se han eliminado. Ya no hay rock en las frecuencias de radio de Medellín.

Para los que les gustan los clásicos estaba la Súper Estación, conducida por “El Clásico” Herrera, para los que nos gusta el rock en todos sus estilos estaba Radioacktiva, que sonaba desde Neo Punk hasta Metal. Ante el cierre de Radioactiva para ser reemplazada por La W, quedaba solo la Súper Estación, la única emisora de rock que sobrevivía; pues La X ahora suena solo música electrónica y la Mega es una mezcla de todo, parece una pizza musical.

Cerraron la Súper Estación, y surgió La Clásica, que si bien no tenía mucho rock, según los rockeros fue una “tabla de salvación” entre un mar de música tropical, romántica, electrónica y reguetón (que NO es música). Pero la cerraron. O no la cerraron, la pasaron para Internet. Una e-emisora, si es que cabe la expresión, pero no es lo mismo, pues no todo el mundo tiene acceso a Internet, y si lo tienen, son aún menos los que disponen de Banda ancha para oír la emisora.

Nos da la impresión a los rockeros de que es un afán comercial, conseguir plata, sonar lo que vende, que ahora es ese ruido que llaman reguetón; o seguir sonando lo de siempre: la música pa’ planchar (que está de nuevo en un extraño apogeo), la música tropical que nunca pasará de moda, y la única “vanguardia” (Ja) que se ve es la electrónica, que toda es el mismo “chis-pun”; pues el supuesto rock que suenan en emisoras como la W es solo pop con guitarras, y hasta llegan al punto de calificar a Shakira como rock, que insulto.

Ya no queda rock en la radio de Medellín. Y con eso muere la vanguardia, las innovaciones, mueren los sonidos diferentes, las potentes baterías, las guitarras coléricas y vertiginosas, los bajos de tormenta, las voces de furia, no queda de otra que recurrir a los CDs y enterarnos por Internet de las noticias de las bandas. El rock ha muerto en Medellín, viva el rock.

jueves, mayo 18, 2006

“ME ACOSTUMBRÉ A HACER ROSTROS...”

"Pinto retratos porque fue lo que aprendí a hacer”, comenta secamente doña Amparo Zapata; una señora de unos 50 años, morena, de cabello corto y negro; sentada en una pequeña butaca en el lugar donde desde hace tres años hace y vende retratos con su socio Víctor: La Playa con la Oriental.


El punto

El lugar donde se ubica doña Amparo no es un lugar calmado o silencioso, como se supone que es el lugar de trabajo de un artista, es uno de los cruces con mayor circulación vehicular de la ciudad. “La verdad yo no ando mucho, siempre he vivido aquí en Medellín, y me parece que este sitio es como más descansado para uno poder trabajar, donde circula mucha gente, y bueno, de pronto, por el muro que es el que le ayuda a uno para colocar las muestras.” La idea de tener un local no parece interesarle mucho, pues prefiere sentir a la gente, el ruido de la ciudad. “Pues a ver, un local… La verdad es que yo tampoco he buscado, me pegué aquí de la Playa y parezco como... una pulga ahí pegada del muro (risas). De pronto por el espacio, a mi que me gusta el espacio, porque es muy amplio, los carros no están tan encima ni la gente tampoco, y el muro se nos presta mucho para poner las muestras, y pues, encerrado en un local hay que tener mucha publicidad, en cambio en la calle pues todo mundo lo ve a uno y ya nos conocen, llevamos tres años de estar aquí seguido y siempre vienen.”


Historia y rutinas

Doña Amparo aprendió hace 17 años a hacer los retratos, suspendió casi 12 años, y hace tres años que volvió a coger el ritmo, instalándose en el cruce la Playa con la Oriental. “A mi me enseñó un pintor de la calle, y eso fue lo que aprendí a hacer. -¿nunca le ha surgido la curiosidad de pintar otras cosas?- No, me acostumbré a hacer rostros, y eso fue a lo que me dediqué.

De lunes a Viernes, doña Amparo llega a su ligar de trabajo aproximadamente a las nueve de la mañana, y trabaja hasta las seis de la tarde, y siempre tiene clientes y se le ve trabajando, sea en un retrato particular o en una muestra. “Lo que pasa es que cuando de pronto no tenemos encargos de particulares trabajamos las muestras, como una especie de exposición que se hace aquí siempre. Esas muestras también se venden, unas más que otras: Andrés Escobar el futbolista, Pablo Escobar, Juanes, el retrato de Uribe, el de Galán…”


Espacio público

Espacio público ya no molesta a doña Amparo y a Víctor. “Al principio si nos estuvieron molestando mucho, y nosotros por aquí insistiendo e insistiendo pues nos han llegado como a tolerar un poquito, vamos a ver hasta cuando, de todos modos esto se ha vuelto como un medio cultural de La Playa, la gente pasa y habla y mira y opinan, cada quien da su opinión sobre los personajes que hay ahí, se ha vuelto algo como muy... como un espacio de distracción para las personas que pasan”

Avenida La Playa con la Oriental. Congestión, muchos carros, contaminación, tumultos, y retratos. El precio, “Depende de la técnica, en sepia o carboncillo 70.000 pesos; en óleo, 200.000, en pastel 100.000.” Y ahí está, imperturbable, doña Amparo, una señora de gran talento, que prefiere el ruido y el espacio libre de la calle, que desde hace tres años demuestra que el arte si da para vivir.

CAMI: SIN TECHO POR CINCO SEMANAS

El bloque de juzgados del Centro Administrativo Municipal de Itagüí, CAMI, está sin techo. Vientos de más de 100 kilómetros por hora lo derribaron el pasado 3 de abril. Los trabajos comenzaron al día siguiente, pero hasta ahora se empieza a ver un leve progreso, debido a la gran cantidad de escombros por remover y daños por cuantificar.

¿Porqué se cayó?

“Esa es la pregunta del millón -comenta Luis Carlos Vargas, director de interventoría de la obra- “la vaina es: la cubierta estaba construida con una norma anterior a la que rige hoy; en ese entonces los cálculos de la cubierta se hacían con vientos de 100 Km/h, esa era la carga de diseño para el viento, y los vientos que se generaron el día de ese aguacero superaron esa velocidad, entonces levantaron la cubierta”.

Eso generó pérdidas que solo en infraestructura se calculan en 600 millones de pesos, que es la proyección de presupuesto para la reconstrucción. El costo se debe a que hay que repotenciar la cubierta que no colapsó; hay que hacer una cubierta nueva, pues de todo lo que se cayó no quedó sirviendo nada; hay que traer unas tejas que no se producen acá, hay que arreglar las vidrieras que se dañaron y se generaron muchas otras cosas, como los equipos que se dañaron, lo cual eleva bastante los costos.

Desde adentro

José Rodrigo López Giraldo es jubilado de la Alcaldía de Itagüí y actualmente tiene una chaza de mekatos en el Centro Administrativo. Luego de que comenzara a llover, don José guardó sus cosas y entró al bloque de juzgados preparándose para la lluvia. “Cuando menos pensé el ventarrón entró una lata de afuera y dio contra la pared al pie del negocio mío, y yo me asusté mucho. Volaban latas y tejas por todas partes y caían al patio. Cuando el techo cedió, cayó sobre unos vidrios entonces ya empezaron fue a caer vidrios. La gente corría y el agua bajaba por las escalas. No hubieron heridos gracias a Dios, sino mucho pánico, porque en el sexto piso no habían empleados por ser lunes santo y del quinto para abajo había de a dos o tres nada mas.”

Mano de obra

Para esta obra se han unido varias firmas de construcción y técnicos: Una para la cubierta y la estructura metálica, una como gerente de proyecto, una encargada de la interventoría, una para la fachada, una que hizo la cubierta provisional como un invernadero, una que trabajará los ascensores y otra para el aire acondicionado. Siete firmas en total, aunque en el lugar solo hay 20 trabajadores en el momento pues la remoción de escombros no ha terminado y para la obra en sí no hay un número exacto todavía.

Estas firmas se unen para poder cumplir con el tiempo proyectado de obra “lo que es la cubierta son por ahí cinco semanas –explica el ingeniero Vargas- pero la obra en si con todo lo que paso, todas las reformas y las vainas que hay que hacer nuevas por lo que ocasionó el siniestro por ahí tres meses y medio, cuatro.”

Subestimar la capacidad destructiva del viento en estos meses de invierno, sumado a que el CAMI es el edificio más alto del área central de Itagüí fue la perdición de su techo, pues no hay otros que lo protejan de vientos como el de hace un mes. Afortunadamente esto no cobró víctimas humanas, y ahora se reconstruye con mejores normas para que esto no vuelva a ocurrir, pues en una semana normal habrían sido muchas las víctimas.

viernes, abril 14, 2006

“LAVARLE LOS PIES AL OTRO ES AYUDARLO”

Jueves 13 de abril, 4:05 PM. En la cancha del barrio Bariloche, barrio ubicado en el sur del municipio de Itagüí, se va a celebrar la misa del Lavatorio de los Pies. Hace mucho sol, pero los feligreses, en su mayoría parejas de ancianos, aguantan estoicamente o se cubren con sombrillas, que más tarde les servirán para la lluvia, pues una nube negra y norme se cierne sobre el barrio.

El lavatorio de los pies es una representación de lo que hizo Jesús en la última cena al lavar de sus apóstoles, en señal de humildad y sacrificio. En ésta celebración los apóstoles son doce señores de pantalón negro y camisa blanca, sentados alrededor de una mesa grande y cuadrada que tiene unos panes y uvas. La misa comienza con un canto muy alegre, hecho por un coro algo desafinado compuesto de tres mujeres, un hombre y una organeta.

Primeras lecturas

“Ay, si quiera que llovió temprano mija”, le comenta una señora a otra, mientras abre su sombrilla para protegerse del sol. “Si – contesta la otra – porque yo me vine pa’ acá porque es que ese padrecito de San Francisco es tan aburridor, todo regañón…”. La ceremonia comienza normalmente, como cualquier misa. Un señor de traje gris hace, tartamudeando, la primera lectura. Unos niños se burlan entre dientes de su tartamudeo, y son regañados por sus madres. El señor no encaja con su traje, pues los demás integrantes del servicio están de pantalón negro y camisa blanca. Al parecer este señor se siente honrado y quiere lucir sus mejores galas para leer dos minutos, la lectura habla de la marca que hicieron los israelitas en sus puertas, con sangre, mientras estaban esclavos en Egipto.

Evangelio: Lavar es ayudar

El salmo pasa sin trascendencia. La segunda lectura es básicamente lo que se dice en la homilía: el cuerpo y la sangre de Cristo representados en el pan y el vino. Luego, el evangelio, donde narran el episodio del lavatorio. Las personas de edad avanzada, y otras más jóvenes pero igual de fervorosas, parecen en un éxtasis contemplativo al ver al sacerdote leyendo y explicando posteriormente el evangelio.

El padre es un hombre de unos 40 años, gordo, alto, con una voz similar a la del presidente Uribe; y explica: “lo que representa lavarle los pies al otro es esforzarse, ayudar, servir, aconsejarnos los unos a los otros, eso, hermanos míos, se complementa con el mandato divino de amarse los unos a los otros, dado por nuestro señor en la última cena, porque la última cena fue la institución de la sagrada eucaristía… - Se detiene un momento para tomar aire, pues mueve bastante las manos y se expresa con gran energía – …Por eso no debemos perdernos la misa dominical, y mucho menos por cosas menos importantes, como un partido, o por pereza, pues es recordar, rememorar la última cena que tuvo Jesús con sus apóstoles…”. Hasta de historia se aprende en una misa. Los fervorosos están al borde de las lágrimas, pues el sacerdote habla con pasión y con propiedad.

A lavar

Son las 4:35. El sacerdote anuncia que va a proceder a lavar los pies de los apóstoles, tal y como lo hizo Jesucristo. Se quita la túnica adornada (esa que usan los padres) y con la ayuda de dos acólitos lava los pies izquierdos de los doce señores. Los moja, los besa y luego los seca con una pequeña toalla. Repite lo mismo doce veces en un proceso que si bien no es difícil, se ve algo tedioso. Mientras el padre hace esto, la gente más fervorosa ora, los niños se acercan a mirar, un joven moreno toma fotos al parecer para registro de la parroquia, y otros aprovechan para comprar un helado o conversar un poco. “Vea que tan bonito, si quiera no llovió…”, comenta una señora de unos 70 años, que se tiene en pie ayudada por un bastón, a lo que un joven responde, señalando hacia arriba: “Pues si llueve, ya no les lavan los pies, sino todo el cuerpo, porque va a llover durito”, se ríe y se va a comprar un helado. La señora no oculta su disgusto y sigue mirando desde la multitud el mecánico movimiento del sacerdote.

lluvia para terminar

A las 4:45 el sacerdote termina de lavar los pies, se vuelve a poner su túnica y prosigue la misa normalmente, como cualquier otra misa. El sol se oculta tras la nube que cada vez está más oscura, y las sombrillas se cierran. Un niño comienza a llorar, y comienzan los “chsst” de uno y otro lado, mientras el sacerdote continúa la eucaristía como si nada pasara. A las 4:50 se da la comunión, mientras el desafinado coro entona una canción movida. 15 minutos después, y mientras comienzan a caer goterones, la misa se concluye con el traslado en procesión del Santísimo la capilla, que no es otra cosa que una casa vieja. Comienza a llover más fuerte. Los más fervorosos siguen al sacerdote en el recorrido de una cuadra, los menos, simplemente se van. El padre entra a la capilla seguido por el séquito de unas 100 personas, mientras afuera llueve aún más fuerte durante otros 15 minutos, para escampar súbitamente, coincidencialmente cuando la gente la gente comienza a salir de la capilla.

PROYECTO CARRERA CARABOBO: POR LOS PEATONES

A finales del mes de noviembre del pasado 2005 la carrera Carabobo fue cerrada desde san Juan hasta la Avenida de Greiff, para dar inicio al proyecto que la convertirá en un pasaje peatonal. Luego de cinco meses de trabajo se está instalando las subestructuras eléctricas, de telecomunicaciones y de vías para luego darle el acabado final en adoquines.


Reacciones

Inicialmente hubo reacciones, principalmente de los comerciantes, sin embargo todo está manejado por medio del control ambiental, “y la gente se ha dado cuenta de los beneficios que trae para todo el mundo este pasaje peatonal, -comenta José Hugo Gómez, encargado de la parte técnica del proyecto – como que la gente va a vivir más cómoda en el centro, no van a tener la presión de los buses y la contaminación, y realmente se va a recuperar el centro para ser una zona de turismo en el Área Metropolitana.”

Por su parte Bibiana Gómez, cuya sastrería está ubicada entre las calles San Juan y Amador, opina que lo que más afectado son el polvo que entra y el pantano cuando llueve, además de que las ventas han bajado un poco. “Pero cuando terminen esperamos que sea un beneficio para todos y como va a ser peatonal, esperamos que halla más clientela que antes”.

Problemas de topografía

Amado Jiménez, topógrafo del proyecto, analiza a cada momento el plano del mismo, para verificar que los procesos se hagan en los marcadores, o estacas. “El plano es la ubicación física de la obra, la localización completa de todo lo que vamos a instalar en esta carrera – Explica Jiménez señalando el plano – Todo el proyecto está representado en este plano y estamos materializando los puntos. Para eso son las estacas, para señalizar donde se va a ejecutar una actividad, cada cosita representada en el diagrama tiene que ir señalizada con una estaca.”

La obra en la práctica no es tan simple. El hecho de que halla redes subterráneas hace que hayan inconvenientes a la hora de excavar: “siempre se va a encontrar un cruce de energía o teléfonos, y siempre es una complicación para la actividad. Pero eso es normal – Comenta Jiménez – y en proyectos de este calibre, en una carrera tan compleja siempre va a encontrar usted redes de lo que se imagine, usted sabe, donde hay tanta propiedad, tanto local, siempre hay mucha red escondida.”

Problemas de clima

El invierno también impide la realización de las obras, Juan Londoño, ayudante del topógrafo Jiménez, comenta que “el invierno afecta mucho porque esto se vuelve una melcocha, un pantanero grave, pero si hace sol y se reseca se trabaja más, porque se adelanta mucho mas, y eso lo piden mucho los de los locales, porque el pantanero los afecta a ellos, y a nosotros nos atrasa.

El proyecto de remodelación de la carrera Carabobo tiene un contrato inicial por 2.400 millones de pesos, sumado a la asesoría permanente de Empresas Públicas de Medellín. Están trabajando 107 personas de forma directa, y en forma indirecto todo lo que son los proveedores y demás personal que tiene que ver con los suministros de la obra, entre 70 y 80 personas adicionales. Se espera que entre agosto y septiembre de este año esté terminado el proyecto, que tiene por objeto la recuperación del centro de la ciudad para los peatones y los turistas.

miércoles, marzo 22, 2006

DE LA COBRA AL TÓTEM

Carlos se quiere tapar un tatuaje, una cobra que se tiene en el hombro izquierdo. Para ello recurre a Freddy, tatuador y propietario del centro de tatuajes Addiction, ubicado en el centro de la ciudad. Freddy ha hecho un diseño exclusivo para Carlos, y con la seguridad y salubridad que requiere, se dispone a tatuarlo, un proceso que demorará entre tres y cuatro horas.

Dibujando con filosofía

Carlos es moreno, alto, fornido, de 38 años. Se aburrió de la cobra y quiere reemplazarla con algo que lo represente, pues la serpiente se la tatuó hace poco más de 6 años por moda. Para ello conversa largo rato con Freddy respecto a lo que le gusta, lo que piensa de la vida, y un poco de todo en general. Sumado a todo esto, la creatividad de Freddy entra en acción y en dos días tiene listo el diseño: Un tótem con un jefe Piel Roja de fondo.

Fredy, tanto con Carlos como con todos sus clientes se sienta a hablar con la persona antes de tatuar, no en son de investigarle la vida, pero si a forma de resumir la vida en palabras básicas, que puedan llegar a ser el dibujo: “Ejemplo, si yo me voy a tatuar una figura en la piel, que sea una representación de lo que yo soy, para no aburrirme más adelante con eso… si yo me tatúo por decir algo un retrato de mi familia, de un ser que amo, o algo así, no me voy a aburrir con eso, pero si uno se hace un muñequito que está de moda, seguro que va a sufrir bastante… (Risas)”.

Puntualidad y preparación

El día después de presentar el diseño a Carlos, Freddy comienza a preparar su sala quirúrgica, separada por un panel de madera del resto del local. Saca las tintas, guantes quirúrgicos, tapabocas, agujas nuevas, agua de rosas para limpiar a medida que se tatúa, deja a la mano un rollo de toallas de cocina, para aplicar el agua, y conecta la máquina par tatuar, un aparatito pequeño, cubierto por un plástico para evitar contaminación.

Carlos llega a las 3 de la tarde. Se quita la camiseta revelando una sirena en su antebrazo derecho, elaborada por Freddy, y el logotipo de la banda Metallica en el omóplato derecho. “A mi me gustaba mucho Metallica, por eso me hice tatuar el logo en el 96, porque es mi banda favorita, y aunque cambiaron el estilo sigue siendo una chimba.”


Eso no duele, fastidia…

Primero se calca una parte del dibujo en la piel de Carlos, usando papel calcante, un micropunta y desodorante para pegar el papel. Luego Freddy derrama un poco de cada tinta en palitos bajalenguas que ha puesto sobre la camilla, para que la aguja no entre en contacto con el tarro “porque la aguja ya está contaminada con la sangre del hombre.” Y comienza a tatuar. Es un proceso largo y tedioso. Se retiñen las líneas negras y luego se procede a colorear. “Eso no duele viejo, fastidia, como si te caminaran hormigas por la piel – comenta relajado Juan, pese a que le sangra el tatuaje - Por la sangre no se preocupe, eso es normal, antes no me ha salido nada, ¿si o que Freddy?” Freddy afirma con la cabeza.

Finalmente, luego de tres horas y media, el tótem está listo. Solo el tótem, pues hay que dejar descansar la piel, y en dos semanas Carlos volverá a Addicition para terminar, pues falta el Piel Roja. Se cubre el tatuaje con vinilo, para evitar que la sangre chorree por el brazo, ahora solo debe cuidarlo del sol y untarle vaselina periódicamente para que se mantenga humectado y no se sancoche. “En dos semanas, otras tres horitas ahí sentado, pero evolucionando viejo, de la cobra al tótem.”